EDICIÓN MENSUAL - AÑO XXI
Nº 246 –  DICIEMBRE 2019
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Su papel no puede ser reemplazado por el hombre, aunque es otro superdepredador

 

Por José Ángel Rodríguez. Fotografías Antonio Vázquez

 

© Antonio Vázquez

Gineta (Genetta genetta), un carnívoro de gran importancia para mantener el equilibrio natural de los ecosistemas forestales.

 

La comunidad científica lo viene alertando desde hace años: “La desaparición de los grandes depredadores está ocasionando unos catastróficos efectos en los ecosistemas naturales. Según un documentado trabajo publicado por la revista Science, el gran declive de grandes depredadores como leones, tigres, leopardos, lobos o tiburones está haciendo estragos en los ecosistemas naturales.

Tras examinar la situación de un amplio abanico de ecosistemas terrestres, marinos y de agua salada, los 24 investigadores que forman parte de este estudio concluyeron que el descenso en la población de los depredadores en todo el mundo es mucho mayor de lo que hasta ahorase pensaba. Este declive afecta ahora a muchos otros procesos ecológicos en la naturaleza, pues la pérdida de los depredadores tiene g raves consecuencias para otras especies vegetales y animales.

El estudio destaca, además, que la desaparición progresiva de los depredadores está contribuyendo decisivamente a la sexta gran extinción en la historia de la Tierra, que según advierten los científicos, está en marcha.


William Ripple, investigador de la Universidad del estado de Oregón (EEUU) y coautor de este estudio, asegura que ahora han encontrado "pruebas demoledoras" que demuestran que los grandes depredadores son tremendamente importantes en el engranaje de la naturaleza, "desde las profundidades de los océanos a los picos más altos de las montañas, del trópico al Ártico", señala. "El colapso de estos ecosistemas ha alcanzado un punto en el que ya no sólo resultan afectados los lobos o ciertas especies de árboles, la deforestación, el suelo o el agua. Estos depredadores y procesos protegen, en última instancia, a los humanos. No se trata sólo de ellos, sino de nosotros", advierte Ripple.


Los investigadores, pertenecientes a veintidós instituciones de seis países, señalan que históricamente se ha valorado poco cómo afectan los grandes depredadores a otras especies. Con frecuencia, los procesos ecológicos se centraron en estudiar una determinada especie vegetal o animal en un área pequeña, por lo que no se apreciaban los cambios que se estaban produciendo en la naturaleza.

 

Los lobos del Parque Nacional de Yellowstone

 

© Antonio Vázquez

Lobo ibérico (Canis lupus signatus), en su hábitat natural.

 

Uno de los estudios citados en esta investigación, se centró en analizar el efecto de la pérdida de lobos en el Parque Nacional de Yellowstone (EEUU). Cuando los lobos desaparecieron, la población de alces aumentó. También cambió su comportamiento, puesto que ya no tenían miedo de alimentarse de árboles jóvenes, como el álamo temblón, que se encontraban en zonas en las que antes solían ser atacadas por lobos. Sin estos animales al acecho, la población del álamo temblón y de sauces se vio muy afectada. También se redujo la población de castores. Con el regreso de los lobos, la zona volvió a restablecer su equilibrio.


En la investigación se mencionan muchos más casos que muestran el importante papel de los depredadores en los ecosistemas. En África, por ejemplo, la reducción de leones y leopardos provocó la explosión en la población de una especie de babuino (Papio anubis) que transmite parásitos intestinales a los humanos que viven en las proximidades.


El papel de los grandes depredadores no puede ser reemplazado por el hombre

 

© Antonio Vázquez

Oso pardo (Ursus arctos).

 

Aun cuando el hombre, se encuentra en la cima de la pirámide depredadora y no existe en la actualidad ninguna criatura que le dispute el puesto, hasta el punto de considerarse como el mayor depredador de la tierra, no puede equipararse con los grandes depredadores terrestres y marinos: el depredador mata para sobrevivir, y lo hace de una forma selectiva, de forma que suele eliminar a las presas menos dotadas, las que presentan alguna deficiencia o minusvalía, que le impide huir del depredador, el  hombre por el contrario, busca la eliminación de los ejemplares mejor dotados, los más atractivos, de forma que busca los mejores trofeos de caza, ello produce una alteración de la cadena evolutiva. De modo que las presas y los depredadores están normalmente sumergidos en una carrera de lucha y superación evolutiva. Así como los depredadores evolucionan para correr más rápido, sus presas también desarrollan pies más veloces. Como los depredadores desarrollan dientes más afilados, los herbívoros desarrollan cuernos de protección más potentes…Con la interferencia del hombre en este escenario natural, se rompe de forma brusca las reglas evolutivas que se han venido gestando a lo largo de los miles, o millones de años.

 

Los efectos indirectos de la depredación

 

© Antonio Vázquez

Garduña (Martes foina).

 

Además están los llamados efectos indirectos de la depredación: cuando un depredador caza, no suele consumir todo el cadáver y normalmente, después de alimentarse de su presa, deja una importante cantidad de restos, los que sirven para la alimentación de otros animales, que van desde aves necrófagas, a otros carnívoros, pasando por pequeños insectos e invertebrados, que también pasan a formar parte de la cadena trófica de otros seres vivos, creando puntos de alimentación que enriquece la comunidad animal, lo que no ocurre con la caza que practica el hombre, en el que se suele llevar del lugar de caza el trofeo, la presa completa, privando a otros seres vivos de participar en la alimentación del cadáver y sus despojos.