EDICIÓN MENSUAL - AÑO XXII
Nº 257 NOVIEMBRE 2020
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Un proyecto de Miguel José Ávalos,

Fotógrafo del Reino de Granada.

 

EPISODIO 8:

Territorio Montería (1.300/2.200 m.),

Parque Natural Sierra de Baza.

 

 

MIGUEL JOSÉ ÁVALOS

01/11/2020 / PSB

 

BANDERA OTOÑAL

 

A los amantes de lo silvestre e indómito, el paso de octubre a noviembre nos despierta instintos perceptivos inusuales. En mi caso, por estas fechas, año tras año, me da por acercarme a unos árboles más que singulares. Y en esta ocasión no me refiero a los pinos y sí a uno de sus mejores vecinos, concretamente a nuestros arces granadinos.

 

 

Subir a visitarlos en la Sierra de Baza resulta un poco duro, especialmente por los calares de Rapa o de San Sebastián, pero más duras son sus condiciones de vida. Los más salvajes viven a más de 1900 m. de altitud, junto al pino titánico. Estar con ellos en la noche otoñal es escuchar las discusiones que mantienen con el viento; hasta llegar al acuerdo ambos sobre cuándo es el mejor momento para pintar de hojas unos suelos verdaderamente escarpados. Allí, en las alturas, se vuelven camaleónicos, viajeros cromáticos, de parada en parada, entre alientos verdes, amarillos, naranjas y rojos, para finalmente, llegar al destino de lo estéril. Mi primer encuentro con ellos fue motivado con una participación en el penúltimo Safari Fotográfico de la Sierra de Baza, que por el otoño de 2015 fructíferamente organizaba la misma asociación que hoy sigue editando esta revista digital de naturaleza. Y resultó bastante interesante aquel primer encuentro. Fue en la mañana, entre brumas; se me ocurrió realizar 10 disparos que se fundieron en cámara mediante exposición múltiple; construí aquella foto andando con bastante dificultad, ante un buen desnivel y rodeando al arce elegido, manteniendo la misma distancia a su tronco, en un radio de 180º. Si me paro a pensar un poco, no he cambiado mis hábitos mucho. Aquella estampa fue mejor fotografía creativa en aquel concurso. Todo un logro para mí que os rescato de la memoria.

Y lejos de quedarme en los vacíos egos del reconocimiento, esta circunstancia motivó más y más un misterioso hambre hacia estos arbolitos. Y así, cuando me vengo a dar cuenta, me pregunto por qué cada año me viene a la mente fotografiarlos. Como subespecie toman el apellido del fruto del granado y de nuestra tierra, aunque también podemos encontrarlos instalados en la otra orilla magrebí del Mediterráneo. Son, como nuestras fiestas serranas o de pueblos cercanos, mitad moros, mitad cristianos. Me encanta acercarme a sus raíces (o a mis raíces, ya no sé) y más aún cuando se visten de fuego. Sin duda, son la joya de la corona de nuestro otoño.

 

 

“No es ahora verano,

ni me regresan los días

indiferentes del pasado.

 

La primavera errada se ha escondido.

Es todo cuanto tengo, un fruto solo,

bajo el calor de otoño madurado.”

 

José Saramago

 

 

LA VIDA ES CIERVO HERIDO...

 

Y siguiendo con otras palabras del eterno hijo predilecto de nuestra vecina Castril, recupero este fragmento de su “Ensayo sobre la ceguera”, una de sus obras más destacadas:

 

  • Están muertos.
  • ¿Has visto algo?...
  • No, sólo vi que había fuegos fatuos agarrados a las rendijas, estaban allí danzando, no se soltaban, hidrógeno fosforado resultante de la descomposición.

 

 

Ensayo sobre la ceguera. No puede venir más a cuento. Y es que igual que a los amantes de lo indómito nos da por escalar calares silenciosamente, a los amantes de la caza mayor, el paso de octubre a noviembre les despierta instintos relacionados con la pólvora y la sangre. Corren despavoridos los ciervos para que las flechas no les den alas.

 

Del mes pasado a éste he viajado desde el territorio berrea al territorio montería. Durante la época de celo del ciervo fui testigo de multitud de recechos y de obras de arte de cazadores furtivos. Curiosamente no se diferencian en esencia ambos perfiles, uno paga a la administración todos los impuestos habidos y por haber; el otro no paga nada cual pirata que roba lo que le apetece. Y llegados a este punto ambos entienden que la mar es suya, exclusivamente suya. Porque el resultado viene a ser el mismo, matar por tener un trofeo colgado o hacer negocio con dicho trofeo para ser también colgado. Ambos repletos de normas éticas y de valores en sus conversaciones públicas, todos inmiscuidos en sus propios fuegos fatuos y en una profunda ceguera.

 

 

En la montería la carne se baja al cortijo grande para ser comida por estómagos más bien agradecidos y en el furtivismo se deja tirada en el monte. No valga para que yo defienda a unos u otros, yo ando de espectador estupefacto ante una gestión permitida aunque exenta de equidad. Pero que la carne se quede mejor en la sierra o en el monte. Es lo más parecido a lo que planteaba el lobo. Andan los buitres mal acostumbrándose a la escasez de muladares de los de antaño o al exceso de macro granjas.

 

Todo bicho viviente anda asustado por los disparos y los movimientos atronadores de los domingos. Mi caso es idéntico al de los animales. En estos días de montería subir a hacer fotografías de naturaleza en fin de semana es hacer peligrar mi vida. Y hacerlo entre semana es indignarse ante la visión de un bosque sucio y fantasmagórico. Sería todo un detalle que tras la montería se dejara el bosque además de esquilmado de vida, limpio; es indignante ver cintas de señalización mal arrancadas sobre los troncos que impiden el paso de caminos cerrados. Y otras suciedades. Todo un despropósito sin consecuencias. ¡Pero que nadie moleste a los cazadores!

 

 

EMOCIONES DE UN FOTÓGRAFO DE NATURALEZA

 

Ante este panorama contaros que a mí me quedan tan sólo tres cartuchos. Y que uno lo acabo de sacar de mi escopeta mental durante esta colaboración. No se dan las condiciones naturales para acercarme a los pinos como yo quisiera. Por un lado está el calor y la sequía. Por otro lado el estupor y la cacería. Las otras dos balas serán las que os traiga los dos próximos meses. Me quedan dos colaboraciones hasta llegar al décimo episodio de este viaje, que para mí amigo lector, ha sido apasionante. Habré estado con vosotros justamente un año. Un año diferente para todos. Pero llegado el nuevo mes de enero será buen momento para nuevos retos, enfoques y planteamientos. Dicen que lo bueno, si breve, dos veces bueno.

 

 

Mientras llega la venidera conclusión de este minúsculo libro, ansío la llegada del frío de verdad. De la nieve pura. De la nieve que limpie toda la sangre y toda la sequedad. El paso de otoño a invierno, si las circunstancias lo permiten, me regalará jornadas solitarias únicas e indescriptibles junto a los árboles de la cima. Brindo por estos dos encuentros, por esas dos balas silenciosas que me quedan.

Fdo. Miguel José Ávalos

Fotógrafo del Reino de Granada

www.migueljoseavalos.com

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