EDICIÓN MENSUAL - AÑO XXI
Nº 246 –  DICIEMBRE 2019
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Ruta 2. Baza. Las Arrodeas. Gor. Las Juntas.

Por Rafael Ramos

 

© Rafael Ramos

 

Esta segunda propuesta de ocio y cultura, en bicicleta por la Sierra de Baza, tenía un interés especial en hacerla, ya que por motivos de trabajo había estado ausente en Baza durante 18 años, y esta en particular me traía muy buenos recuerdos.

Seguía siendo una aventura, con la sola compañía del agua, alimentos en forma de frutas del tiempo y frutos secos, sin más herramientas que buscar y seguir un trazado por pistas y carreteras amplias, donde la orientación era muy fácil, alimentando los sentidos en su recorrer.

En su trazado, se definía cómo una circunvalación por los límites del Parque en varias etapas, comenzando en Baza y culminando a unos 2.000 metros de altitud por los confines de la provincia de Almería en la antigua carretera de Escullar a Abla (AL-5405).

Después la pista forestal me llevaría por parajes emblemáticos, con epicentro en un lugar llamado “Los Cuatro Caminos”, a la zona de Benacebada, y desde allí hasta la conocida Ctra. de Caniles (A-334, antigua C-323) para acabar en el punto de inicio: Baza.

Previo a esta ruta, y a modo de recordatorio había vuelto a leer el capítulo 1º de la Guía para conocer y visitar el Parque Natural Sierra de Baza (en adelante me referiré como Guía del Parque), dedicado al medio físico, qué ilustraba sobre hidrología, climatología, geología, geomorfología y edafología.

En esta salida quería ver, conocer y sentir de forma presencial sobre el terreno los rasgos más definidos sobre este medio, no de una forma erudita, ni científica, sino coloquial, didáctica, sencilla y muy resumida, dentro de un contexto de los accesos y puertas que se me mostraban, facilitando la visita.

A la vez quería también saber sobre el siguiente capítulo de la Guía del Parque, que hablaba de forma muy extensa y didáctica sobre el maravilloso y fascinante medio biológico: Flora y vegetación por un lado, y fauna por otro.

Pensaba qué además del bidón con agua, algo de comida en la mochila y la ilusión por recorrer el parque, debería tomar conciencia de los lugares que iba a pedalear a través de su conocimiento, ya que en ese caso las sensaciones serian diferentes y quizás más intensas.

Intuía que no me iba a defraudar este pequeño esfuerzo de sentarme tranquilo en casa, leyendo y tomando notas, apoyándome siempre y solamente en la magnífica información que se había publicado en la Guía Para Conocer y Visitar el Parque Natural Sierra de Baza.

Tomé conciencia de lo que yo consideraba mínimo, y una vez guardado me dispuse a andar el apasionante camino en busca de la identidad y señales de la Sierra.

La sierra es un extenso territorio, con dos sectores muy definidos, los cuales recorrería de principio a fin.

“ El sector occidental es donde se localizan los picos más altos como el de Santa Bárbara a 2269 metros, Calar de Casa Heredia (2167), Rapa (2234), San Sebastián (2164) Descabezado (2014), Calar de las Torcas (2228), Picón de Gor (2158), Canal de las Torcas (2083) Canal de las granjas (2085), o el Cerro Quintana con 1926, como  grandes moles separadas por profundos barrancos que conforman el sector carbonatado de la Sierra de Baza .

El sector oriental presenta una alternancia de valles fluviales longitudinales profundamente encajados y separados por escarpados interfluvios desde los que baja un numeroso grupo de barrancos perpendicularmente a la dirección del curso principal sur- norte en todos los casos.

Esto da lugar a un peculiar paisaje en emparrillado encontrándonos en la zona más oriental de este sector una extensa penillanura a 2000 metros de altitud en la que nacen los ríos Valcabra o Balax, Uclías y Moras.

También alrededor de esta altísima meseta se levantan las mayores elevaciones del sector metamórfico de la Sierra de Baza como los picos Padilla (2062 mts), Pico  de Ruero (2064), Cuatro Puntas( 2054 ), Dos Picos( 2.089), o el Peñón de la Cabeza con 2046 formando todos ellos una alineación este- oeste qué sirve tanto de divisoria de las provincias de Granada y Almería del límite oriental del parque natural , como de cambio de vertiente de la red hidrográfica”.

Hoy 28 de mayo 2019, comienzo esta salida en bici de montaña, para seguir conociendo el Parque de Baza, con salida en Fuentezuelas -en la vega de Baza-, y atravesando la población de este a de oeste en subida, llego a la plaza de toros en la barriada alta de las Cuevas, y desde allí continuo una fuerte y corta ascensión hasta las Arrodeas, lugar de salida del Cascamorras (Fiesta tradicional centenaria declarada de Interés Turístico Internacional), y lugar de llegada de una cronoescalada en bicicleta, de 3,5 Kms que este año se celebraría el día 23 de Agosto, con salida en la Plaza Mayor.

La mañana se presenta con alguna nube viajera, que atraviesa lentamente la Hoya de Baza, antes lago, hoy extensión de tierras ricas en aguas y gentes, y pobre en desarrollo; antes cuna de grandes culturas (Algar, fenicios, griegos, iberos, cartagineses, romanos, visigodos y árabes), hoy crisol de recuerdos de ese pasado y lugar de éxodo de población y esperanzas permanentes que no llegan, asentadas en el conformismo y disfrute de sus recursos y fortalezas.

Desde las Arrodeas y contemplando esta parte del Altiplano, circundado, protegido e influenciado por la Sierra de la Sagra, de los Vélez, Orce y María, Sierra de los Filabres, de las Sierras de Cazorla y de la Sierra de Baza, me viene a la memoria cuando subía a pintar a Cascamorras.

 

 

Recuerdo un año, que sería al comienzo de los 70 cuando no éramos más de 10 los “guerreros” que veníamos a luchar contra el ladrón que nos quería robar nuestra Virgen de la Piedad.

Nuestras armas las pinturas y la noble cruzada religiosa/festiva de defensa de esta parte de nuestra identidad; la suya la porra que guardaba un año entero en vinagre y sus piernas que corrían menos que nuestra fe.

Hoy la fiesta sigue igual o más de apasionante. Ha transcendido fronteras y ha sido reconocida a nivel mundial, siendo miles los bastetanos y simpatizantes de esta fiesta embadurnados de pinturas los que cada año se dan cita para celebrar esta tradición, que marca el comienzo de las Fiestas en honor de su patrona, cada 6 de Septiembre.

El siguiente lugar de interés qué me encuentro en mi camino es la Atalaya, donde están ubicados parte de los pozos que abastecen la red pública de agua, transitando entre tuberías y cañerías, en un descenso inicial vertiginoso.

Me sorprenden los almendros con sus frutos grandes y muy avanzados, de un verde intenso en sus ramas, y al frente, diminuta y serpenteando entre ocres, se ve la senda que seguiré hasta conectar con la vía de servicio qué corre paralela a la autovía.

 

 

Se disfruta la contemplación del cerro Jabalcón desde otra perspectiva que aún lo hace más atractivo, con las tierras sembradas de grandes fardos después de recoger la cosecha de cereales qué ha brindado estos llanos en las faldas de los montes bajos de esta sierra.

 

 

Cruzo la carretera, que a la izquierda lleva a las canteras -una de las pocas actividades qué aún se explotan en la Sierra o en sus inmediaciones-, y sigo al frente por un camino estrecho, pedregoso y arenoso, sirviendo de tránsito para mulos, bicicletas y algún vehículo adaptado a este medio tan agreste.

La subida final es dura y exigente, con piedras sueltas que ofrece después de la subida una grata satisfacción con vistas increíbles a nuestras espaldas y un horizonte ilusionante al frente, con chaparras, matorrales, encinas y algún almendro en las faldas bajas que acogen también algunos cereales, o sus cortos, secos y dorados tallos secados al sol después de la cosecha.

Un nuevo elemento en el paisaje lleva hasta mis oídos un zumbido suave y constante desde sus atalayas en los cerros próximos. Molinos majestuosos, inmaculados que generan electricidad limpia gracias a los aires que los mueven en sus tránsitos aéreos de levante y poniente.

Una rápida bajada y una fuerte subida cruzando una rambla qué baja ancha y generosa desde las cumbres me eleva hasta un cruce, con horizontes a las Sierras, y a un cortijo a la derecha, llamado de Santa Olalla, testimonio vivo y ejemplo del tipo de cortijos que cubrían estas tierras milenarias.

Un cartel nos indica, nos marca y nos señala el límite y el comienzo del parque natural; y una pequeña bajada con piedras sueltas nos acompañan en el camino de servicio sin vistas a la derecha, salvo los vehículos qué rápidos transitan por la autovía, encima de nuestras cabezas.

 

 

A la izquierda pedregales ganados al territorio para su cultivo, donde las semillas que deja la mano del hombre quedan al amparo de la tierra que las acoge, del sol que las alienta, y de las caprichosas lluvias que las alimentan.

El pedaleo es uniforme, vivo, relajado, confundido entre los aires serranos, que viajan hoy silenciosos, entre chaparros, pinos y algunos almendros, que es el paisaje dominante en esta área del Parque.

La mano del hombre apenas es perceptible en este tramo solitario, agreste y bello, salvo algún pequeño cortijo con aljibe que servía a la vez de abrevadero para los animales; aljibes hoy en desuso prácticamente salvo para dar servicio al escaso pastoreo.

Aljibes que son testimonios de un estilo de vida qué asociaba agricultura y ganadería como casi la única forma, de abastecimiento y subsistencia, así como de intercambio comercial para otros productos a los que no tenían acceso por los rigores del clima, que marcaba un duro y sacrificado estilo de vida.

 

 

Había transcurrido algo más de una hora desde que inicie la ruta, y ya iban 20 kilómetros transitados en libertad, y la ruta me lleva hasta un cruce a la izquierda, que por carretera asfaltada lleva al área recreativa de  Narváez en apenas cuatro kilómetros.

Sigo por el camino de servicio, encontrándome en unos tres kilómetros con otras tantas ventas, la primera a escasos cien metros, siguiendo por el camino de servicio hasta un puente, que lo cruzo, quedando a mis pies la autovía.

 Ahora el pedaleo es por la margen derecha, en dirección al “Romeral”, antiguo cortijo-bar de carretera, emblemático y rural, transformado en un Restaurant moderno y funcional, donde cojo un camino a sus espaldas que me lleva a la carretera antigua de Granada (N-342 Jerez- Cartagena)

Al llegar a esta carretera, muy deteriorada, y girando a la izquierda llego a una sorprendente y magnifica cortijada, emplazada en un lugar bello y fresco, hoy aislado entre sonidos de agua y aires serranos, mirada abierta al sur, con leves reflejos de Levante y dibujada por los ocasos de Poniente.

 A sus pies pervive la Rambla del Baúl, viajera desde la zona de Quintana y más arriba, lugar antes de osos hoy extinguidos con presencia de ellos por  la zona de la Fabrica de Pardo y sus laderas, donde las aguas bajan entre riachuelos y tierras que la acompañan y guían en su trazado irregular, al abrigo y contemplación de alamedas de chopos, chaparrales, pinares y fresnos, desembocando en el pantano del Negratín, después de atravesar el anejo del Baúl con su puente de hierro y los Balcones, barriada especialmente bella.

Este río al unirse con el Rio Fardes y el Guadiana Menor toma su nombre, llegando hasta tierras lejanas en los confines del Atlántico, regando extensas tierras a su paso.

 

 

El puente antiguo y olvidado, con brazos de hierro ahora oxidados, y con firme irregular pleno de socavones y arrugas me hace evocar recuerdos de cuando la carretera hacía de cuerpo vivo, generoso, estirado y entregado, con el único fin de servir de paso aéreo a los numerosos viajeros que por él circulaban hasta la puesta en servicio de la autovía del 92.

 

 

El lugar requería una parada, un pensamiento y ahondar en los recuerdos para llenarme de su esencia y de su identidad, como un homenaje sincero y silencioso.

El siguiente lugar con el que me encuentro a mi paso es la llamada Venta Vicario, parada y comida, con muchos años de tradición y servicio al viajero.

Dejando atrás este lugar sigo por el camino de servicio paralelo a la autovía, donde se observan varias viñas y un aumento de almendros y tierras cultivable, coincidente con la cercanía a la población de Gor, lo que debe facilitar su cuidado y cultivo.

El cruce me hace dejar el camino de tierra, y coger a la izquierda la carretera que lleva a Gor después de 12 kilómetros en ligera pendiente hacia abajo, con lo cual el pedaleo se hace más alegre y fluido, siendo el camino muy ameno por los paisajes que voy recorriendo.

De pronto la carretera gira a la izquierda, en pendiente media hacia abajo, y ya en la primera curva se nos abre un paisaje sorprendente por el entorno y los matices de las luces que lo muestran: Gor, con su vega y su Sierra por encima de sus cabezas, a una altitud de 1.200 metros sobre el nivel de mar.

 

 

El municipio  comprende los núcleos de población de Gor, Cenaoscuras, Rambla de Valdiquín, Los Corrales, Las Juntas Royo del Serval, Las Viñas y una pequeña parte de Los Balcones, situado entre el límite de Guadix y Baza.

Con una población en el año 1900 de 3288 habitantes, alcanzando su pico máximo en el año 1950 con 6.016 personas, los últimos datos indican una población de tan solo 736 habitantes, lo que indica el despoblamiento salvaje que sufren las pequeñas poblaciones del interior, ricas en paisajes, naturaleza y sus recursos, basadas en un pobre sector primario (agricultura y ganadería), y endémicas en desarrollo y atenciones.

Maravillosa naturaleza, poderosa, fuerte y bella. Emblema de estos paisajes, pintor, cantante y escultor el rio Gor, nacido en la Sierra de Baza, en pleno Parque Natural, serpentea desde las cumbres en busca del llano, desembocando en el rio Fardes después de pasar por Gorafe, dejando a su paso riquísimas vegas, con uso para autoconsumo y algún invernadero de tomate Cherry, cultivo nuevo e ilusionante en estas tierras.

El resto de los cultivos es un indicador común de este territorio agreste, donde el secano acoge cultivos como la almendra, la cebada, el trigo, la vid y la producción de plantas forrajeras, alfalfa, veza, avena, y en menor cuantía la de maíz y remolacha.

Incipiente turismo rural anunciado a la entrada del pueblo con hospedaje y gastronomía del lugar.

El pedaleo me conduce a la fuente de los siete caños y los lavaderos públicos donde las mujeres tradicionalmente iban a lavar la ropa, hoy sin uso, cuya agua procede de un nacimiento propio en plena sierra. Considerado bien de interés cultural, magníficamente conservado.

 

 

Había cuatro ancianos sentados tomando el sol, hablando de sus cosas, y por un instante el ciclista que llegaba con la barba y el casco rojo también formo parte de sus cosas.

Los saludé, les pregunté qué tal estaban y hablamos del tiempo, del calor, de la lluvia, de los caños y el lavadero, de dónde venía y hacia dónde me dirigía.

El tiempo y ese espacio, nos unía y ponía en valor el momento. En ellos y en su vida andada el tiempo les andaba rápido, muy rápido; no tanto sus movimientos.

Corto el horizonte y amplias las emociones fijadas y definidas ya.

Vivían en su rutina, integrados en el paisaje y en la tierra que un día los acogería para su descanso, al calor de la familia, los amigos y algún chato de vino con carne en salsa y embutidos.

Me despedí de ellos, no sin antes preguntar por dónde se iba a las juntas, camino que ya sabía, pero sin embargo me atreví a preguntarles, recibiendo cuatro explicaciones que se mezclaban en sus timbres da voz ilusionados, entre fatigados y satisfechos como niños felices.

El camino que aún restaba era todo por asfalto según recordaba, con unas pendientes en su inicio muy pronunciadas, hasta llegar al mirador que habían habilitado para los visitantes, lugar donde quedas embelesado con la contemplación del pueblo, su vega y las zonas circundantes.

 

 

Otra pequeña subida nos hacía coronar el cerro, desde donde el paisaje alimentaba el alma viajera insatisfecha casi siempre en su débil codicia terrenal por la belleza.

Un rápido descenso lleva hasta un antiguo molino, y a su izquierda el río de Gor, que ese día mostraba su lecho desnudo de humedades, por haber desviado para riegos en esta primavera seca: estaciones secas que se repetían una y otra vez, demasiado veces.

Estaba claro que el cambio climático se había instalado también en la Sierra de Baza de forma cruel y dramática. En esta sierra los ríos desaguan hacia dos vertientes diferentes: la Mediterránea, con las Ramblas del Agua y Raposo, que forman parte de la cabecera del río Nacimiento.

Y la vertiente atlántica formada por dos cuencas principales: la del Rio de Baza (Valcabra o Balax, Uclías, y otras ramblas en menor medida, como la que acoge el Rio gallego); la otra cuenca está formada por el Río de Gor (Barranco de las Casas de don Diego y Rio de Gor), afluente del Fardes y éste a su vez del Guadiana Menor al igual que sucede con el Rio de Baza.

No obstante, es posible distinguir otras dos subcuencas: la de las ramblas del Baúl- Valdiquín (hoy brevemente visitada) y las ramblas que desembocan en la Rambla de Fiñana.

Digno de destacar o mencionar son las fuentes que salpican la sierra de Baza, más abundantes en el sector oeste carbonatado y muy permeable, concentradas sobre todo en el término municipal de Gor en la cabecera del río de su mismo nombre o en Cerro Negro, lugares muy cercanos a la ruta de hoy, y próximamente visitados.

También destacable en la parte alta de esta vertiente meridional fuentes emblemáticas como la Fuente de los Atrevidos, de La Gallina, fuente de la Fragera o Fraguara, Manantial y Fuente del Piojo, Fuente de las Víboras, Balsa y Fuente del Ciervo, etc

“La sierra de Baza actúa como un inmenso colector que recoge las aguas de lluvia y las frecuentes nieves invernales vertiéndolas luego al exterior tanto a través de su red hidrográfica superficial cómo del elevado número de fuentes “

En este lugar de la Sierra de Baza, en las Juntas de Gor y sus cerros, barrancos, ríos y alamedas es donde solía venir a veces en busca de setas, y fue donde aprendí el, código del buen setero con un amigo ya jubilado del Baúl, que fue el que instruyo en esta forma de amar y conocer la naturaleza.

Lo primero que me dio fue una navaja y una sugerencia.  Después me enseñó sin palabras el arte de la paciencia y la constancia, de la influencia de las lunas, de humedades, tocones, acequias, lluvias de verano y la forma de cortarlas con la navaja, nunca con las manos, y de cómo “tapar” las pequeñas, como arropándolas en su niñez incipiente y efímera, a la vez que decía “es un crimen cogerlas así”.

Me enseñó las setas de chopo, las de cardillo y de oreja de fraile; también las cestas de mimbre, de esparto y me hablo de esporas. Casi siempre sin palabras. Andando ramblas, alamedas, márgenes de los ríos, acequias y algún descampado entre pinares, chaparros y arboles altos con sombras.

Pedaleando entre recuerdos, me encuentro cortijos a izquierda y derecha, abandonados, restaurados y derruidos y en plena subida llego a una cortijada, mitad arruinada, mitad habitada, ambas con vidas, reflejos y almas diferentes en un entorno común.

 

 

Entorno qué hablaba de alamedas, ríos, arroyos, vegas en los márgenes, pequeños cerros y elevados horizontes entre barrancos y ramblas.

Conforme se iba ganando en altura y en distancia se va ganando en belleza, en sus paisajes frescos, agrestes, suaves, cálidos y amables en esta primavera regalada.

Construcciones de piedras del lugar, por hombres del lugar, para convivir y sentir.

Construcciones donde las familias crecían, se amaban y respetaban, y un día aceptando destinos marchaban de su paraíso, prendido en su corazón alimentado con la llama de la esperanza del regresar un buen día.

Construcciones que aun abatidas, demolidas, derribadas, olvidadas, hundidas o arruinadas daban testimonio de su pasado, incluso sin estar en pie, nunca de rodillas por tantos recuerdos que las sustentaban de pie, orgullosas y presumidas en sus arrugas y ruinas.

 

 

Me sentía muy afortunado al poder sentir este lugar, este territorio, esta naturaleza en un enclave singular y único. Gor es el municipio que más terreno aporta al Parque Natural de la Sierra de Baza y tiene en Las Víboras un paraje de singular belleza.

El móvil hacía de cámara fotográfica, inmortalizando escenas, rincones, puertas, corrales, vigas, impregnadas de las almas nobles que las crearon y cuidaron.

Hasta ese Momento había recorrido 30 kilómetros, en un tiempo que me pareció demasiado breve. Se pueden hacer rutas variadas y de todo tipo, pero esta era, y estaba siendo especial.

En ese último tramo final me vino a la memoria la lectura sobre el clima que leí en el capítulo 1, que trataba sobre el medio físico de la Guía del Parque Natural.

Estaba pedaleando y conociendo una de las regiones más secas de España donde las mayores precipitaciones se dan en las alturas concretamente Santa Bárbara y el canal de San Sebastián la que menos en baza más de la mitad del anteriores, y temperaturas marcadas por su clima continental, y recordaba el refrán de la zona que  dice “Baza, tiene 9 meses de invierno y 3 de infierno “

Hoy el viento hacia honor a las estadísticas, las cuales indicaban que los vientos del periodo de otoño a primavera eran predominantes del suroeste, y eran los que traen las escasas lluvias; en verano-otoño predomina el viento de Levante; y los vientos del noroeste-noreste dan lugar a nevadas en los meses de diciembre febrero y marzo.

Faltaba ya muy poco, para llegar a las Juntas entre subidas y alguna bajada, cuando me llama la atención un panel que hablaba de la existencia cercana de un pino singular a 750 mts del lugar, el cual ha pasado de ser un pino singular, por su porte, belleza, altura y edad, a ser víctima del cambio climático en un entorno privilegiado.

El llamado pino nieto tenía una altura de 31 metros, y era quizás el más alto de Andalucia, cuyo final ya anticipaba en su aviso la asociación Proyecto Sierra de Baza.

Continúa el camino entre las sombras de los árboles y el olor a campo, rio y vega fresco y húmedo que transpira entre sus ramas y sus suelos.

El final de la ruta era en suave subida: a la derecha el río y su margen; a la izquierda un pequeño cerro con las casas y la carretera que los divide, atravesando esta la cortijada de abajo a arriba, donde el comienzo lo marca el único alojamiento rural de todo el parque, un pequeño y sorprendente hostal con una gran terraza junto al río, donde la paz había establecido territorio.

 

 

Fue en ese idílico lugar donde acabe la ruta después de 35 Kms.

Allí fue donde me rendí a la Sierra, y donde me tomé un merecido bocadillo de lomo y tortilla francesa con tomate, del que solo queda testimonio el café junto a una escobilla de esparto.

 

 

También allí tome conciencia de la soledad de esta sierra: la de la indiferencia y el ostracismo hacia este patrimonio, a la vez  que repasaba lo aprendido y recibido de este lugar transitado en plena naturaleza serrana, ruda y bella, la que siempre da mas que lo que recibe.

 

                Una de las peores amenazas para nuestra Sierra es la creencia de que alguien la salvará.