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Edición Mensual - Año XXVIII | Nº 328 - Octubre 2026

NOTICIAS

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Publicado el Atlas de la Desertificación en España


En el documento se destaca el papel de los badlands como formaciones geomorfológicas naturales de alto valor científico e importancia en la gestión del paisaje que no deben de confundirse con procesos de desertificación


© José Ángel Rodríguez
Paisaje estepario de la Depresión de Baza en el sureste ibérico, con la mole caliza del Jabalcón al fondo.

Proyecto Sierra de Baza
01/10/2026

Se ha publicado por la Universidad de Alicante el Atlas de la Desertificación en España, un interesante instrumento para conocer mejor la situación de nuestros territorios, destacando como la desertificación no es un problema del futuro ni una amenaza lejana confinada a regiones áridas de continentes remotos. Es una realidad que ya está moldeando los paisajes, economías y comunidades de nuestro país.

En España, uno de los países europeos más vulnerables a la degradación de la tierra, la desertificación avanza en silencio, pero con consecuencias palpables: pérdida de fertilidad del suelo, retroceso de la vegetación natural, incremento de incendios forestales, disminución de recursos hídricos y abandono de usos tradicionales del territorio. Frente a este escenario, el Atlas de la desertificación de España (ADE) nace con un propósito doble: documentar con rigor científico la complejidad del fenómeno y ofrecer una herramienta accesible, visual y actualizada para comprenderlo, anticiparlo y actuar.

España no puede permitirse ignorar la desertificación


© José Ángel Rodríguez
Paisaje estepario de la Depresión e Guadix-Baza en el que es apreciable el proceso de desertificación que sufre.


Más del 70 % de su territorio se encuentra en riesgo de sufrir procesos de degradación del suelo, y una parte significativa de su territorio ya muestra síntomas preocupantes. 

Sin embargo, más allá de los titulares alarmantes, lo que este Atlas pretende es invitar a una mirada profunda, informada y matizada de la desertificación. Porque desertificación no es solo pérdida de suelo, ni solo aridez climática. Es un proceso multifactorial, vinculado tanto a variables biofísicas como a dinámicas socioeconómicas, históricas y políticas. 

En el documento que se ha hecho público, se destaca como la desertificación es uno de los principales problemas medioambientales de España. Su gravedad y extensión no dejan de aumentar –del mismo modo que se expanden las zonas áridas– debido al proceso actual de cambio climático, a un uso insostenible de los recursos naturales y a la falta de actuaciones efectivas para atajar sus causas. La ambigüedad del concepto de desertificación ha desembocado en la desaparición de los mapas de desertificación del último Atlas Mundial de Desertificación. Sin embargo, es imprescindible conocer qué lugares están desertificados, cuáles se están desertificando y cuáles pueden desertificarse en el futuro.

Definición de desertificación


© José Ángel Rodríguez
La degradación de zonas áridas puede dar lugar a la desertificación.

La desertificación se define por la Convención de Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación como la «degradación de las zonas áridas, semiáridas y subhúmedo-secas como consecuencia de variaciones climáticas y actividades humanas», entendiendo por degradación «la pérdida de productividad biológica, económica y de biodiversidad».

En el documento se pone de manifiesto como las proyecciones europeas anticipan una expansión de las zonas áridas, especialmente intensa en el sur de Europa durante las próximas décadas, siendo destacable que España aparece como el país de la Unión Europea con mayor proporción de territorio sometido a condiciones de desertificación dentro de la clasificación realizada por el JRC, con alrededor del 53%, por delante de Chipre y Grecia. La magnitud aún es mayor cuando se observa el conjunto del continente: el informe estima que unos 530.000 kilómetros cuadrados de la Unión Europea están afectados por desertificación, una superficie equivalente aproximadamente al 12% del territorio comunitario, con repercusiones sobre unos 42 millones de personas.

El documento, que venimos comentando se parte de una definición importante: la desertificación no equivale a que un territorio se convierta literalmente en un desierto. Para la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación, se trata de una forma de degradación de las tierras que se produce en zonas áridas como consecuencia de distintos factores, entre ellos las variaciones climáticas y las actividades humanas.

Dentro de este panorama se destaca como el deterioro del suelo constituye uno de los elementos más relevantes del panorama que sufre el conjunto del territorio europeo, hasta el punto de que calcula que el 72,53% de la superficie española presenta degradación según el indicador específico de suelo, uno de los porcentajes más elevados entre los Estados miembros. La evaluación incorpora cuestiones como la erosión hídrica y eólica, el exceso de determinados nutrientes o metales, la pérdida de carbono orgánico, la compactación, la salinización o la pérdida de biodiversidad del suelo.

Este panorama resulta especialmente significativo en el sureste peninsular, en el que el Atlas de la Desertificación en España, elaborado por la Universidad de Alicante, sitúa a una amplia zona que abarca la región de Murcia, y parte de las provincias de Granada y Almería, de la comunidad autónoma andaluza, y Alicante, en la comunidad valenciana. Al margen, quedan algunos enclaves, superficialmente reducidos, en las cuencas del Ebro (puntos de Los Monegros) y del Duero (al sureste de Zamora), así como Lanzarote, Fuerteventura y las tierras bajas de las restantes islas Canarias, excepto La Palma. Indicando al efecto como “La España semidesértica (o región Alicante-Adra, en la clasificación original de H. Lautensach) tiene su principal representación en el sureste peninsular, esto es, buena parte de la provincia de Almería y sectores de las vecinas Murcia (extremo norte y parte del litoral), Granada (las hoyas de Guadix y Baza) y Alicante (el extremo meridional), regiones que se encuentran en una situación que califica como preocupante, por las condiciones de aridez que presentan estos territorios”.

Los badlands como formaciones geomorfológicas naturales


© José Ángel Rodríguez
Los badlands son geoformas naturales esculpidas por procesos erosivos a lo largo de la historia. En la imagen paraje de Los Coloraos en el Desierto de Gorafe (Granada).

Una consideración que debe de tenerse especialmente presente, y así destaca esta publicación, es la de que en el sureste ibérico en lugares como las depresiones de Guadix y Baza, donde nos encontramos, o en las cuencas de Fortuna y Mula (Murcia) o en el llamado el desierto de Tabernas, existen geoformas de naturaleza geológica que nada tienen que ver con la desertificación. Entre ellas los badlands o «malas tierras» constituyen un fenómeno muy común en España. Según la Encyclopaedia of Geomorphology «los badlands son paisajes erosivos profundamente disectados formados en rocas blandas, por lo general en regiones semiáridas, aunque no exclusivamente» (Harvey, 2004, p.45). 

En general, los badlands no son el resultado de la acción y degradación humana. En el sureste de España su formación está vinculada a una reactivación de la erosión ligada a un levantamiento tectónico de comienzos del Cuaternario con pulsaciones periódicas (Díaz-Hernández y Juliá 2006).

Sin embargo, en algunos casos no se pueden descartar por completo otros factores más secundarios como la acción antrópica o cambios climáticos abruptos. Con escasas excepciones, los badlands se forman sobre rocas blandas o fácilmente erosionables caracterizadas por sus fuertes desniveles, que favorecen una rápida disección del relieve (erosión severa). Están asociados con litologías no consolidadas, pobremente cementadas, siendo los afloramientos arcillosos y margosos los más representativos. Tienen un comportamiento compulsivo desde el punto de vista hidrológico y geomorfológico, y son grandes productores de sedimento (Nadal-Romero et al. 2011). Llama la atención la gran cantidad de barrancos, que en su mayoría son de corta longitud, las pronunciadas pendientes, la falta de vegetación y la sensación de que estamos ante un paisaje extremo, a pesar de que en algunos casos las precipitaciones sean suficientes para mantener una vegetación arbórea densa.

A pesar de ello, desde un punto de vista ecológico, los badlands juegan un papel importante, pues albergan especies vegetales y animales adaptadas a estas condiciones extremas (Martínez-Paz et al. 2022). En ellos el banco de semillas es rico en la superficie, con semillas de pequeño tamaño y adaptadas a la erosión, al quedar atrapadas en las numerosas grietas y por la rugosidad de algunas formas de relieve. Esto puede favorecer su supervivencia frente al arrastre de las escorrentías, aunque debido a las características propias de los badlands y su extrema dinámica hidrogeomorfológica, o a la falta de disponibilidad de agua, no logran sobrevivir con éxito en las laderas con fuerte pendiente.

La importancia de la costra biológica del suelo en los badlands y ambientes esteparios


© José Ángel Rodríguez
Costra biológica de musgos y líquenes en los terrenos gipsícolas del monte de Cúllar en la depresión de Baza (Granada).


Un aspecto que destaca esta publicación es la importancia de la presencia en estos suelos de la llamada las costras biológicas del suelo –formadas por cianobacterias, líquenes y musgos– los que desempeñan un papel clave en la estabilización de la superficie del suelo, favoreciendo la retención de humedad y facilitando las primeras etapas de recuperación ecológica (Lázaro et al., 2022). De hecho, algunos badlands están hoy incluidos en redes de conservación como Natura 2000 debido a los hábitats únicos que albergan.

En la publicación que venimos comentando, se termina por destacar la necesidad de la conservación y preservación de este paisaje, de indudable valor científico, para lo que destaca que los badlands son geoformas naturales esculpidas por procesos erosivos a lo largo de la historia. Los paisajes resultantes de la intensa erosión y la rápida evolución de laderas y cauces son espectaculares. Aparecen tozales de paredes casi verticales, paisajes ruiniformes, microformas en las laderas que incluyen micropináculos y pequeños abombamientos que reciben el nombre de popcorn (palomitas de maíz), a veces adornados por una gran diversidad de colores. Por su belleza y singularidad, muchas áreas de badlands se han convertido en atractivos turísticos e incluso han sido declaradas zonas protegidas, donde se impide cualquier tipo de actuaciones, ya que los badlands son formaciones naturales sorprendentes que no deben entenderse solo como síntomas de degradación, sino como evidencia de los procesos dinámicos de la Tierra. De cara al futuro, los badlands pueden convertirse en indicadores clave para el seguimiento del cambio ambiental.

Su alta sensibilidad a las variaciones en las precipitaciones, las temperaturas y la cobertura del suelo los convierte en auténticos laboratorios naturales para comprender cómo el cambio climático afecta a la erosión del suelo y a la dinámica del paisaje (Nadal-Romero et al., 2021). 

El seguimiento a largo plazo de estos sistemas puede aportar información valiosa a los debates sobre la neutralidad en la degradación de la tierra (LDN) y contribuir al diseño de políticas ambientales más matizadas, capaces de distinguir entre procesos de degradación naturales y los provocados por el ser humano.

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